Introducción al estudio de la Grecia antigua


El Partenón, es el ejemplo por excelencia del arte griego y símbolo de su legado

Grecia siempre ha constituido un punto de referencia ineludible a lo largo de los tiempos. Desde los romanos hasta nuestros días los griegos han sido la pauta ejemplar casi insustituible que ha modelado las ideas, las tendencias y las actitudes de una parte considerable de nuestra cultura occidental. Su civilización ha suscitado entusiasmos de todas las clases y ha despertado admiración y asombro por los logros conseguidos en casi todos los terrenos. Su proyección en la vida pública se ha dejado sentir con fuerza a través de la presencia casi constante en los programas educativos de liceos y universidades, de la imitación incesante de los temas clásicos en la literatura, de la música y el arte o de la propia apariencia exterior de los edificios y monumentos más significativos. En el curso de la historia ha habido ciertamente variaciones importantes en la percepción de este modelo. En algunos momentos se ha prestado particular atención a aspectos muy determinados en detrimento de otros que, aunque no era menos importantes, desentonan quizá con el gusto de los tiempos. En otras ocasiones se han iluminado algunos periodos de la historia griega dejando otros no menos decisivos sumidos en la más completa oscuridad.

Este indiscutible predominio ha tenido, sin embargo también sus desventajas. Se han creado falsos modelas clasicistas, como las radiantes estatuas de mármol blanco que nunca poblaron como tales las ágoras y santuarios de la Grecia antigua sino pintadas de extravagantes y chillones colores que todavía hoy provocan la extrañeza y perplejidad de los espectadores modernos. Se han establecido también ideales puristas, como el de la democrática e ilustrada Atenas de la época de Pericles, que prescindían casi por completo de las circunstancias históricas que lo condicionaron. el gran Historiador Alemán Jacob Burckhardt ya dijo en su día que ninguna persona pacífica y prudente habría deseado vivir en dicho periodo, expresando así la necesidad de un aséptico distanciamiento histórico. Tampoco el modelo de racionalidad perfecta que fue alabado hasta la saciedad por los filósofos de la ilustración se ha mantenido en estado puro. la pervivencia del mito como forma de percibir el mundo en los llamados primeros filósofos, la dificultad de establecer líneas nítidas de separación entre el mito y la historia o la alarmante presencia de elementos irracionales en la mentalidad griega, tal y como señaló en su día el estudioso inglés Dodds en un magistral estudio, han contribuido a empeñar un tanto la patina brillante de aquel lustroso ideal que encaminó, en falso, los pasos de tantos pensadores modernos.

Se han cometido, sin duda, algunos desvaríos que han tergiversado de manera importante  la verdadera imagen de la Grecia antigua. el atávico deseo de encontrar modelos de perfección que puedan constituir una guía segura en a trayectoria vital del ser humano ha sido en buena parte el responsable de estas alteraciones. Otras veces el mero desconocimiento o la ignorancia consciente han alimentado también la formación esta imagen distorsionada. Sin embargo no parece conveniente dejarse arrastrar por la peligrosa pendiente de una desmitificación radical que acabe situando a los griegos a la altura de otras menos boato y espectacularidad. La civilización griega nos guste o no, no es equiparable en sus logros e influencia a la cultura de los esquimales o de la los bosquimanos del sur de África, como, de forma exagerada se pretendía afirmar en un cierto relativismo histórico que apadrinó entre otros el insigne intelectual francés André Malraux. Existen razones de carácter histórico, algunas de ellas aludidas de forma sumaria más arriba, que avalan su proposición destacada dentro de la cultura occidental. Pero a éstas se suman también otras, quizás de carácter más subjetivo y menos mesurable como el mayor o menor atractivo que sus realizaciones despiertan entre el público. Resulta abrumadora la comparación entre las abarrotadas salas de los grandes museos que albergan las obras maestras del arte griego con los amplios espacios vacíos de las secciones etnográficas de las mismas instituciones dedicadas a las culturas más exóticas o la dispar afluencia de visitantes que registran las exposiciones de temas clásicos frente a aquellas otras que ofrecen otras culturas históricamente no menos importantes como la maya o la china.

Esta situación de privilegio no debe ofuscarnos, sin embargo a la hora de intentar reconstruir con unas mínimas garantías la fiabilidad histórica la auténtica imagen de de la Grecia antigua. Una tarea que por cierto, no está exenta, ni mucho menos, de enormes dificultades. Las fuentes de información, que serán estudiadas en detalle en cada uno de los capítulos respectivos, han sufrido pérdidas considerables. Tan sólo conservamos un 20% del total, y la mayoría de ellas se encuentra en un estado fragmentario. Existe además un manifiesto equilibrio que favorece descaradamente a Atenas en detrimento de otros estados importantes como Corinto, Mégara, Tesalia o las ciudades de Asia Menor. Nos encontramos, por tanto, altamente condicionados por los prejuicios y evidente parcialidad con los que los autores atenienses o educados en Atenas, nos transmiten el relato de los acontecimientos. La imagen del mundo griegos que obtenemos de esta forma resulta notoriamente desigual. Si por lo que se refiere a Atenas alcanza en algunos momentos con cierta nitidez, se va desdibujando paulatinamente según nos vamos alejando de sus fronteras hacia otros territorios no menos importantes de la Hélade. (…)

Ciertamente se trata de un mundo de reducidas dimensiones, con una tecnología primitiva y con recursos escasos, y con una capacidad de respuesta a su entorno hostil que a veces, incluso muy frecuentemente, resultaba excesivamente cruel y agresiva para los parámetros modernos. Sin embargo, en contraste con la dureza implacable de estas condiciones, destacan la fuerza y energía de sus realizaciones culturales, que han sabido perdurar sobre la modas y los siglos. A pesar del difícil equilibrio de luces y sombras y de todas las diferencias que nos separan de ellos -fue Jones, un estudioso de la tragedia que calificó a este mundo de «desesperadamente ajeno»-, son también numerosos y prometedores los caminos que, a veces en forma indirecta y un tanto tortuosa nos conducen de nuevo hacia los antiguos griegos, la curiosidad innata por descubrir y explicar las cosas, la forma de dar expresión a nuestros sentimientos y emociones más profundas, los cánones fundamentales de belleza y sensibilidad, la profundidad ética de algunos valores, una forma particular de organizar la sociedad, la fascinación por los relatos bien construidos y elaborados o el simple gozo extasiado de vivir en un universo frágil y efímero, plagado de toda clase de sombras e incertidumbres.

Grecia, los griegos son en parte una falacia histórica, pues nunca existió la unidad política bajo este nombre ni conocemos con mínimo detalle a la inmensa mayoría de gentes que poblaron en su día la península helénica y las islas de Egeo. Hablaban una lengua dividida en dialectos, vivían diseminados en pequeñas comunidades a lo largo de un paisaje áspero y duro y se hallaban separados por irreconciliables enfrentamientos. Pero veneraban a los mismos dioses y sentían como patrimonio común los hermosos versos del poeta Homero. Con constituyeron una experiencia histórica singular e irrepetible que ha sabido perdurar a través de los vaivenes caprichosos del tiempo gracias al testimonio imborrable de su arte y su literatura. Un bagaje poderoso y fascinante al que este libro pretende servir de guía introductoria.

Francisco Javier Gómez Espelosín, Introducción a la Grecia Antigua. Alianza Editorial, Madrid 2008. p. 7-12

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Acerca de Rodrigo Pérez

Profesor de Historia UDLA Estudiante de Magister en Historia Mención Historia Universal UAI
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