Pericles aparece en la Historia


Das Zeitalter des Perikles / Foltz

El Siglo de Pericles de Foltz

Tras el ostracismo de Cimón y el asesinato de Efialtes, surge con fuerza una figura que va a regir los destinos de Atenas por lo próximos treinta años.  Con él la democracia ateniense alcanzará su máximo desarrollo en la evolución de las instituciones y bajo su dirección y patrocinio se impulsarán obras de gran valor artístico e intelectual que harán de Atenas la polis griega por antonomasia en casi todos los terrenos. Este hombre es, sin lugar a dudas, Pericles. Su aparición en la vida pública no fue ni mucho menos repentina. Junto con Efialtes había llevado a cabo la ofensiva contra el Aerópago y había incluso intentado conseguir una sanción contra Cimón. Militaba, por tanto, en la facción de los demócratas radicales, empeñados en extender la hegemonía ateniense en el exterior y en desarrollar al máximo las prerrogativas del demos (entendido aquí como el conjunto de las clases populares, formado fundamentalmente por las dos clases inferiores de Solón) dentro de las instituciones ciudadanas. Era de origen aristocrático, relacionado con la poderosa familia de los Alcmenónidas, y poseía una fuerte personalidad. con gran inteligencia terminó de diseñar el sistema político que constituyó la característica más de Atenas durante todo este periodo. Su tesón y perseverancia en el mantenimiento del programa, su energía en el mando y su impresionante poder de convicción fueron las dotes principales que le mantuvieron en el poder durante casi treinta años. fue reelegido como estratego (máximo cargo militar) quince años seguidos, y aunque siempre respetó la legalidad vigente, gozó de poderes tan amplios que le mismo Tucídides pudo llegar a decir:  «en apariencia se trataba de una democracia; en realidad era el gobierno de uno solo».

Su personalidad ha quedado plasmada en el célebre busto del escultor Crésilas (de cuyo original perdido subsisten tres copias), que se ha convertido en el símbolo típico de este momento de esplendor, Según nos cuenta Plutarco en su biografía del estadista ateniense, estaba bien conformado en el resto de su cuerpo. Sin embargo, tenía un pequeño defecto en su cabeza que hacía que siempre se le representase con el yelmo para tratar de disimularlo. Los cómicos se aprovecharon para sus burlas de este aspecto de su figura llamándole «cráneo en forma de cebolla marina». Sin embargo, el atractivo de su persona debió de dejarse sentir con fuerza entre una gran mayoría de los atenienses, que le escuchaban con atención y seguían sumisos sus dictámenes. Se rodeó de una camarilla de intelectuales y artistas entre los que se contaban personalidades como el escultor Fidias, autor del proyecto escultórico del Partenón, el filósofo Anaxígoras, el trágico Sófocles, el historiador Heródoto o el arquitecto Hipodamo, cuya influencia en la mentalidad del estadista debió ser considerable. Su vida afectiva la compartió con una mujer de Mileto llamada Aspasia, cuyas aptitudes intelectuales y su mismo talante, tan diferente del prototipo habitual de la mujer ateniense, la hicieron blanco de las burlas de sus enemigos (la denominaban «la impúdica concubina de ojos de perro»). Su potente voz tronaba en la asamblea y a causa de ello recibió el sobrenombre de «el Olímpico». Un analista tan fino como el filósofo Aristóteles le calificó como sabio (phrónimos) y no cabe duda de que fue bajo el período de su mandato cuando Atenas alcanzó el cenit de su poderío y esplendor.

Los dos frentes abiertos de Atenas tras la instauración de la democracia plena fueron, de forma fundamental, Persia y Esparta. Contra Persia continuó la ofensiva que había reabierto Cimón tras su victoria en el río Eurimedonte. Envió una expedición a Egipto con la idea de colaborar en la rebelión que había estallado en aquel país contra el dominio persa. Sin duda, con esta acción se perseguía también otra clase de objetivos menos idealistas que la mera colaboración contra el persa. Egipto constituía una importante reserva de grano, y su control podía resultar decisivo a la hora de asegurar los abastecimientos de una ciudad como Atenas, siempre dependiente en este aspecto de las importaciones exteriores. Sobre todo, si tenemos en cuenta que la otra zona de provisión, el mar Negro y Tracia, estaba sufriendo ahora una evolución política incierta con el desarrollo de nuevos poderes locales en estas regiones. La aventura terminó en un estrepitoso fracaso cuando toda la flota ateniense, unos doscientos cincuenta barcos, fue aniquilada en el delta del Nilo en el 454.

Atenas supo jugar también sus cartas en su deseo de extender su hegemonía en Grecia, tanto por mar, mediante la recién fundada Liga de Delos, como por tierra. Intentó conseguir influencia por toda Grecia central, tanto a través del santuario de Delfos, prosiguiendo una política que ya había iniciado el exiliado Temístocles, como mediante el mantenimiento de la división de Beocia, que trataba de impedir el predominio de Tebas, que era una ciudad enemiga. Para ello se alió siempre con todos aquellos que podían serle útiles en este cometido, con independencia de su tendencia o de su régimen político. Se hizo con el control de sus vecinos inmediatos, Mégara y Egina, la isla que el propio Pericles había calificado como «esa mota sobre el ojo del Pireo» ya que se encontraba a la vista de Atenas y su población era de origen dorio. Estos acontecimientos despertaron la enemistad de Corinto, cuyas buenas relaciones con Atenas se habían basado hasta ahora en su común enemistad con Mégara. El principio de la amistad con el enemigo de mi vecino se mantuvo siempre vigente a lo largo de toda la historia griega.

Con Esparta el conflicto fue intermitente pero continuo. Las victorias y las derrotas se sucedieron unas a otras, hasta que ambos optaron por la firma de un tratado de paz que puso término momentáneo a las mutuas hostilidades. En el año 446 se firmó una paz de treinta años de duración. La vulnerabilidad de Atenas en estos momentos aconsejaba esta capitulación aparente, después de que se hubieran producido varias rebeliones consecutivas de algunos de sus aliados. La paz significaba el final de sus aspiraciones hegemónicas en la Grecia central, así como de sus intentos de avanzada en el propio Peloponeso. Sin embargo, se reconocía de manera implícita su hegemonía naval en el Egeo y en el este, donde Atenas obtenía carta blanca para sus acciones futuras. Poco tiempo antes, en el 449, la llamada Paz de Calias puso término también al enfrentamiento con los persas. Entre sus cláusulas se reconocía la autonomía de las ciudades jonias de Asia Menor. Con esta medida, la Confederación de Delos perdía gran parte de su justificación ideal y de hecho muchas ciudades así debieron de manifestarlo. Sin embargo, para los atenienses la Liga resultaba en estos momentos algo mucho más vital que un mero organismo ideal destinado a la defensa de Grecia contra el invasor persa. En la práctica se había convertido en un auténtico imperio puesto al servicio de la reciente democracia radical.

Francisco Javier Gómez Espelosín. Introducción a la Grecia Antigua. Alianza Editorial. Madrid, 2008. p. 169

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Acerca de Rodrigo Pérez

Profesor de Historia UDLA Estudiante de Magister en Historia Mención Historia Universal UAI
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