Democracia en Atenas, un nuevo sentido de libertad


Busto de Clístenes de Atenas, padre de la democracia

En 510 [a.C.] llegó a su fin una de las últimas grandes tiranías de Grecia, la de los Pistrátidas de Atenas. Durante los seis años anteriores los ataques por parte de algunas familias nobles atenienses habían debilitado el control ejercido por la segunda generación de esta familia de tiranos. Tras sobornar a la sacerdotisa de Delfos, los nobles atenienses exiliados consiguieron que los oráculos de «Apolo» solicitaran la intervención de Esparta para acabar con la tiranía. En 510 a.C. lo lograron tras un primer intento fallido. A partir de entonces los atenienses tendrían que gobernarse de una manera muy distinta.

Durante dos años las familias nobles de Atenas continuaron compitiendo unas con otras en el marco de lo que quedaba de la constitución de Solón: en el marco de oposición al régimen tiránico, acordaron, según parece, aprobar una ley en virtud de la cual ningún ciudadano ateniense podía ser torturado en el futuro. Se trataba de una normativa sintomática de la existencia de un nuevo sentido de «libertad». La familia aristocrática de los Alcmeónidas había sido la noble pionera en la expulsión de los tiranos atenienses, pero en la primavera de 508 a.C. no consiguió obtener la magistratura suprema para uno de los suyos. Era necesaria una medida drástica si querían recuperar el favor de la ciudad, de modo que probablemente fuera en julio o agosto, coincidiendo con la toma de posesión del nuevo magistrado rival, cuando el estadista más viejo y experto de la familia, Clístenes, propuso en medio de la asamblea pública que se cambiara la constitución y que, en todas las cuestiones el poder soberano residiera en el conjunto de los ciudadanos varones adultos. Fue un momento magnífico, la primera propuesta de democracia de la que se tiene constancia, el ejemplo más perdurable que hayan dado los atenienses al mundo.

Como San Pablo, Clístenes conocía desde dentro el sistema que tan astutamente subvirtió, él mismo había sido magistrado supremo de Atenas durante el régimen de los tiranos, diecisiete años atrás. proponía cambiar el papel y la composición de algunas de las características más importantes de Atenas. El discurso probablemente hablara de un consejo y una asamblea (que habían funcionado desde los tiempos de Solón, a veces conjuntamente), de las tribus y los demos (los pequeños pueblos y aldeas del Ática, que ya sumaban 140) y de los «tercios» o trrittyes (entidades que habían formado parte durante mucho tiempo de la organización del Ática). n el ámbito local se propuso introducir una novedad, a saber, la elección de unos funcionarios locales o «demarcos»  («gobernadores de un demo») encargados de presidir las asambleas de las aldeas o demos y de sustituir el papel desempeñado desde tiempo inmemorial por la nobleza local. Proponía que los ciudadanos varones se empadronaran en un demo, y que a continuación fueran asignados demo por demo, a uno de los treinta «tercios» nuevos, que a su vez los vincularía a una de las diez tribus recientemente establecidas. El número de tribus o «tercios» debía incrementarse (según un «sistema decimal»), pero la esencia de toda la propuesta parecía maravillosamente clara y lógica. Hasta entonces, el grupo de mayor rango del Ática había sido el de los antiguos magistrados que formaban el respetado consejo del Aerópago y prestaban de por vida sus servicios en él. No les tocó más remedio que asistir impávidos al discurso populista de Clístenes y escuchar sus palabras. En 508 a.C. casi todos ellos eran individuos desacreditados desde el punto de vista político. antiguos magistrados que en las últimas décadas habían sido «seleccionados» por los odiados Tiranos. Su principal preocupación era evitar que su pasado los llevara al exilio.

Las propuestas de Clístenes suponían una novedad apasionante. Desde la reformas de Solón, un segundo consejo civil (distinto del Aerópago) había contribuido al gobierno de los atenienses y en ocasiones, tras deliberar, había llevado ciertos asuntos ante una asamblea de ciudadanos ampliada. No sabemos nada de este consejo ni de los miembros que la integraban, pero es muy poco probable que la mayoría de los asuntos que trataran llegasen siempre a la asamblea. Clístenes proponía ahora que todas las decisiones importantes de la ciudad debieran pasar obligatoriamente por una asamblea popular. Alguna de las escasas inscripciones con decretos de los atenienses correspondientes a las décadas inmediatamente posteriores a 508 a.C. empiezan de forma tajante con la siguiente frase: «Pareció bien al pueblo». En el futuro, los miembros del consejo también deberían ser elegidos entre todos los ciudadanos varones mayores de treinta  años, y no se tiene constancia que se impusieran restricciones de clase o de posesión de tierras. En la democracia ateniense de época posterior, un individuo sólo podía ser elegido para formar parte del consejo en dos ocasiones a lo largo de su vida, y en mi opinión esta norma también fue aprobada en 508 a.C. En una ciudad con tal vez veinticinco mil ciudadanos varones de más de treinta años, prácticamente todos podían esperar ahora a ser miembros del consejo durante un año de su vida. Las implicaciones eran obvias, y al igual que su público, Clístenes veía perfectamente cuales eran.(…)

La versión ateniense se basaba en la férrea voluntad participativa de todos los ciudadanos. En 508 menos de la quinta parte del conjunto de ciudadanos habitaba en la «ciudad» de Atenas: muchos de ellos tenían que trasladarse a pie hasta la capital y alojarse en las casa de amigos cuando debían desempeñar algún cargo o asistir a una reunión.  Durante una décima parte del año, una fracción del consejo, el órgano «rector» más visible de los atenienses, debía quedarse incluso en la ciudad en alerta permanente. No obstante siguió habiendo ciudadanos disponibles para integrar cada año un consejo de quinientos miembros. Las asambleas, al menos cuatro cada mes, también se reunían en la ciudad, aunque normalmente se esperara la asistencia de más de seis mil individuos cuando iba a tratarse una cuestión de importancia. Con el tiempo, el procedimiento de inspección de todos los miembros nuevos del consejo ante y después del desempeño de sus funciones, quedó establecido de forma similar a la investigación, todavía bastante superficial, de los magistrados. Después de ca. 460 a.C. un ateniense que prestara sus servicios en el consejo durante un año, tendría que enfrentarse al breve exámen previo de otros 509 participantes en los asuntos públicos. Como bien ha observado el gran especialista de moderno en la historia de la democracia ateniense, M.H. Hansen, «para nuestra forma de pensar, debía ser una cosa mortalmente aburrida; el hecho de que los atenienses lo hicieran año tras año durante siglos demuestra que su actitud ante este tipo de rutinas tuvo que ser muy distinta de la nuestra. Es evidente que disfrutaban de la participación en sus instituciones políticas como un valor en sí mismo».

Después de casi cuarenta años de tiranía, y tras siglos de dominio de la nobleza, semejante entusiasmo no era de extrañar. Entre 510 y 508 los atenienses habían temido por encima de todas las cosas una vuelta a la lucha de facciones aristocráticas que había dado lugar a los derramamientos de sangre de las décadas de 560 y 550. A partir de ahora no habría más burócratas, ni detestables «ministerios», ni siquiera abogados especializados: l’ état, c’ est nous, todos los ciudadanos varones adultos de Atenas. Visto desde una perspectiva moderna, seguían produciéndose notables exclusiones «todos los ciudadanos» no significaba «todos los residentes». Los habitantes que no eran de origen ateniense (los metecos o metoikoi, el término para distinguir a los que vivían lejos de su patria), los objetos no humanos de propiedad (los numeroso esclavos) y el sexo sin capacidad de raciocinio (las mujeres) estaban clara y específicamente excluidos. Pero la novedad residía en que ahora todos los ciudadanos varones estaban incluidos por igual en el sistema. A partir de entonces podía formar parte del consejo, ser nombrado por sorteo para ocupar una magistratura menor o asistir a una gran asamblea para emiri su voto o incluso (si tenía el valor suficiente) pronunciar un discurso acerca de los temas básicos cotidianos, de la conveniencia de emprender o no una guerra, o de quiend ebía sufragar determinados gastos o quien era merecedor de recibir honores y quién no. En los temas controvertidos podría alzar la mano para que su voto fuera contabilizado. (…) En Atenas cada ciudadano varón valía un voto, y nada más que uno, ya fuera simple mozo de cuerda, cabrero o refinado aristócrata. Al tener que elegir y evidenciar así las predilecciones, la gente no tardó en aprender a reflexionar y a tomar posiciones después de informarse debidamente. La consecuencia sería un gobierno que podría llamarse cualquier cosa menos gobierno del populacho.

Robin Lane Fox. El Mundo Clásico. “La Epopeya de Grecia y Roma”. Crítica, Barcelona, 2010. p. 133-137

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Acerca de Rodrigo Pérez

Profesor de Historia UDLA Estudiante de Magister en Historia Mención Historia Universal UAI
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Una respuesta a Democracia en Atenas, un nuevo sentido de libertad

  1. mariana dijo:

    esta =)
    siempre sigan así 😉

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