La polis, y el hecho de ser griego


Las poleis no surgieron exclusivamente en la Actual Grecia, también lo hicieron en lo que ahora Turquía

La palabra griega de la cual se derivan en origen todos los usos antiguos y modernos del término «político» es polis que se traduce habitualmente como «ciudad-estado» o sencillamente «ciudad». En total existieron bastante más de un millas de estas ciudades-estado, llegando quizás hasta la cifra de mil quinientas, diseminadas desde el extremo oriental del mar Negro (en lo que es actualmente Georgia) hasta las costas meridionales y orientales de España en el extremo occidental del Mediterráneo. En cuanto a sus dimensiones territoriales, varían desde la extensión de Esparta (ocho mil km²), situada en el Peloponeso, en la Grecia continental, pasando por la extensión de Siracusa (cuatro mil km²), en Sicilia, o la extensión de Atenas (dos mil quinientos km²), hasta la de Corinto (noventa km²) o la de otros estado aún más pequeños. En general contaban con una población de sólo unos pocos miles de habitantes, aunque es posible que la de Atenas alcanzara como máximo un cuarto de millón a finales del siglo V a.C. Estos estados se dotaron a sí mimos de una amplia variedad de formas de gobiernos, aunque no se puede decir en absoluto que todos ellos fueran siempre, o alguna vez democráticos, lo importante es que se gobernaban por sí mismos.

Los criterios esenciales para que una comunidad fuera considerada como una auténtica polis eran que no estuviera gobernada directamente por otra potencia extranjera, ni siquiera por otra potencia griega, y que eligiera su propio modelo de autogobierno. Sin embargo, sobre todo con fines militares, los principios de independencia y autonomía no era incompatibles con la pertenencia a una alianza de varios estados, como fue la Liga del Peloponeso, liderada por Esparta, o incluso la integración de un «supraestado» federal, como Beocia (liderada por Tebas), A veces, estos principios se ponían de manifiesto más por ser infringidos, que por ser cumplidos.  Como ejemplo llamativo podemos mencionar que el imperio de los atenienses en el siglo V constituyó una notable infracción de la autonomía de la polis, a pesar que todas sus virtudes positivas supusieran una contrapartida.

De ningún modo se puede afirmar que en las ciudades griegas todos los griegos fueran considerados como iguales, es decir, que tuvieran el mismo derecho al pleno disfrute de los privilegios políticos que otorgaba la ciudad. Aparte de los menos de edad, los extranjeros y por supuesto, los esclavos, que estaban desprovistos por definición de prácticamente todos los derechos como ciudadanos, también las mujeres adultas estaban excluidas, por razón de sexo, de muchos de estos derechos. En gran medida, la ciudad griega era una especie de club exclusivo de para hombres, anquen el alto muro levantado en teoría entre varones y sus madres, hermanas, viudas e hijas pudiera en ocasiones ser escalado o incluso minado de un modo bastante radical.

A pesar de la diversidad obvia del panorama político y cultural, la mayoría de los habitantes de la antigua Grecia compartía un vínculo cultural común. Esta cultural helénica común tuvo su expresión más vital a través de la religión. Cuando se reunían unos con otros, o competían entre sí, en algunos de los festivales religiosos panhelénicos, tales como los Juegos Olímpicos, hacían al menos tres cosas: competir por la gloria personal (o presenciar las competiciones), rendir culto a sus dioses y, además, celebrar su identidad griega común. En Delfos, considerado el ombligo del mundo griego antiguo, el oráculo de Apolo, hablando por boca de sus sacerdotisas, constituía un núcleo alternativo de esta herencia compartida. Heródoto, el gran historiador del siglo V a.C., lo resumió en una frase, como sólo podía hacerlo un conocedor y defensor de la identidad panhelénica: una lengua común (aunque distintos dialectos), costumbres y tradiciones comunes (sobre todo religiosas) y la misma sangre (antepasados compartidos, tanto en la realidad histórica como en los mitos comúnmente aceptados sobre los orígenes). Estos tres componentes hicieron surgir «el hecho de ser griego».

Paul Cartledge. Los griegos. Encrucijada de una civilización. Crítica. Barcelona, 2001. p. 17-19

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Acerca de Rodrigo Pérez

Profesor de Historia UDLA Estudiante de Magister en Historia Mención Historia Universal UAI
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