Diálogo de los Melios


84.- Al verano siguiente Alcibíades se dirigió a Argos con veinte naves, apresó a los que aún parecían sospechosos y adictos a los lacedemonios, y los atenienses los dejaron en las islas próximas sobre las que ejercían su autoridad.

También hicieron una expedición contra la isla de Melos con treinta naves propias, seis quiotas y dos lesbias; así mismo con mil doscientos hoplitas propios, trescientos arqueros de pie y veinte a caballo, además unos mil quinientos hoplitas de sus aliados insulares.

Los melios eran colonos de los lacedemonios y no querían someterse al vasallaje de los atenienses como los demás isleños, sino que al principio se mantenían en paz sin pertenecer a ninguno de los dos bandos, pero luego, cuando los atenienses les obligaron devastando su territorio, entraron abiertamente en la guerra.

El caso es que después de acampar en su territorio con efectivos, los generales, Cleómedes el de Licomedes y Tisias el de Tisímaco les enviaron emisarios para mantener conversaciones antes de causar daños al país. A esos no los condujeron los melios ante la Asamblea, sino que les invitaron a exponer el objeto de su llegada ente las autoridades y su comité de notables.

Los embajadores atenienses dijeron lo siguiente:

58.-«En vista de que las conversaciones no tiene lugar ante la Asamblea, para que la mayoría no se deje engañar si escucha argumentos seductores expuesto en una sola ocasión y que no pueden ser refutados por exponerlos seguidos -pues nos damos cuenta de que eso significa nuestra presentación ante un comité reducido- vosotros, los que asistís a la reunión, actuad con más garantías aún: responded punto por punto y no con un discurso ininterrumpido, sino replicando enseguida a lo que parezca que no está bien dicho. Por lo pronto decid si os agrada nuestra proposición.»

86.- Los consejeros melios respondieron: «No caben reproches respecto a la condescendencia de informarnos mutuamente con tranquilidad, pero las circunstancias de la guerra -presentes, que no futuras- se muestran en descuerdo con ello, pues vemos que vosotros venías como jueces de lo que se diga. Es de esperar que el resultado final, si contamos con la ventaja del derecho y por ello no cedemos, nos traiga la guerra, y si hacemos caso, la servidumbre.»

En rojo, las poleis Aliados de Atenas, en rosa, las poleis dependientes.

87.- Atenienses: «Bueno, si os habéis reunido para imaginar conjeturas sobre le futuro o para algo distinto que para deliberar sobre la salvación de vuestra ciudad tomando como base de partida las circunstancias actuales y que estáis viendo, dejémoslo; pero si es para esto último, continuemos hablando.»

88.- Melios: «Es de esperar, y está justificado, que quienes se encuentran en una situación como la nuestra dirigían sus palabras y pensamientos en múltiples direcciones. Sin embargo, esta reunión tiene por objeto tratar de la salvación de nuestra ciudad y discusión, si os parece bien, se hará de la forma que proponéis.»

89.- Atenienses: «Bien, nosotros no haremos una exposición extensa y poco convincente recurriendo a una fraseología decorativa tal como la de que es justo que tengamos un imperio por haber destruido al medio, o la de que os atacamos por haber sido víctimas de vuestros agravios. También aspiramos a que vosotros no creáis convencernos alegando que no luchasteis a nuestro lado por ser colonia de los lacedemonios o que no nos habéis hecho agravio alguno, sino que aspiramos a que se negocie lo que sea posible, tomando como base lo que realmente pensamos cada uno, porque  vosotros conocéis, y nosotros sabemos, que de imparte cuando los condicionamientos son iguales, en tanto que lo posible lo llevan a cabo los fuertes y los débiles los consientes.»

90.- Melios: «Al menos tal como lo vemos nosotros -nos vemos forzados a hablar en esos términos, puesto que vosotros planteáis que se  hable de lo conveniente, dejando de lado lo justo- es útil que no destruyáis un bien común, sino que haya unos derechos generalmente reconocidos para quien se encuentre en peligro en cada caso y a la hora de emplear la persuasión pueda beneficiarse de ellos, aunque sea dentro de límites estrictos. Y eso no es favorece menos a vosotros por cuanto, caso de fracasar, seríais ejemplo para los demás por la magnitud de la represalia.»

91.- Atenienses: «No nos mueve a desaliento el fin de nuestro imperio, si es que se acaba, ya que no son los que mandan sobre otros, pero es el caso de los lacedemonios, quienes son temibles para los vecinos -y ahora no luchamos con los lacedemonios- sino los súbditos, si atacan y vencen a quienes gobernaron; y sobre eso, déjesenos correr el riesgo. Sin embargo, que estamos aquí para beneficio de nuestro imperio y que hablaremos para salvar vuestra ciudad es que vamos a poner de manifiesto, con el deseo de mandar sobre vosotros sin dificultades y de que os salvéis con provecho para ambos.»

92.- Melios: «¿Cómo para nosotros el quedar sometidos a servidumbre tendría la misma utilidad que para vosotros mandar?»

93.- Atenienses: «Porque en vuestro caso os habrías sometido antes de soportar males extremos, y nosotros ganaríamos con no destruiros.»

94.- Melios: «De modo que si permanecemos inactivos, ¿no aceptaríais ser amigos en vez de enemigos, sin ser aliados de ninguno de los dos bandos?»

95.- Atenienses: «No, pues no nos perjudica tanto vuestra enemistad como vuestra amistad justificada por nuestra debilidad, ya que para los súbditos el odio es un ejemplo manifiesto  de poder.»

96.- Melios: «Tanto se fijan nuestros súbditos en la apariencia que ponen en el mismo plano a quienes no tiene que ver con nosotros y a quienes, siendo mayormente colonos vuestros, han sido sometidos, a veces tras sublevación.»

97.- Atenienses: «Es que ellos consideran que ni unos ni otros carecen de motivo justo, pero creen que aquellos sobreviven gracias a su poder y que nosotros no vamos contra ellos porque les tememos. En consecuencia, además de extender nuestro imperio, con vuestro sometimiento nos proporcionaríais seguridad, especialmente si por ser isleños y más débiles que otros no os hurtáis a los señores del mar.»

98.- Melios: «pero en ese razonamiento, ¿es que no tenéis en cuenta la seguridad? También nosotros debemos intentar persuadiros exponiendo lo que es útil para nosotros, a ver si resulta serlo también para vosotros, de la misma manera que intentáis persuadirnos de que no nos sometamos a vuestra conveniencia apartándonos de los argumentos que se basan en la justicia. efectivamente, respecto a los que no son ahora aliados de ninguno de los dos bandos, ¿cómo no les haréis entrar en  guerra, cuando consideren con la mirada puesta en nosotros que también iréis contra  ellos en otra ocasión? Y con eso, ¿qué hacéis sino acrecentar los enemigos existentes y atraeros como tales, y contra su deseo, a quienes ni siquiera tenían intención de serlo?»

99.- Atenienses: «No consideramos temibles para nosotros a esos de tierra firme que por gozar de libertad se mostrarían renuentes a tener que ponerse en guardia contra nosotros, sino a los isleños no incluidos en nuestro imperio y a los exacerbados por la opresión de nuestra autoridad, ya que esos, dejándose llevar por la irracionalidad, se pondrían a sí mismos y a nosotros en un peligro de manifiesto.»

100.- Melios: «Si tan grande riesgo arrostráis vosotros para no perder vuestro imperio, y los ya sometidos para librarse, gran cobardía y vileza habría por nuestra parte, si no apeláramos a todo antes de someternos, cuando aún somos libres.»

101.- Atenienses: «No, al menos si deliberáis con sensatez, pues vuestro  caso no se trata de un certamen de valor en condiciones de igualdad para no incurrir en deshonor, sino que se trata más bien de deliberar sobre vuestra salvación, a fin de no enfrentaros a quienes son mucho más fuertes.»

102.- Melios: «Con todo, sabemos que el desarrollo de las guerras se dan vicisitudes más imparciales de lo que correspondería a la diferencia de efectivos entre cada bando.

Además, nuestra rendición inmediata elimina nuestras esperanzas, y, en cambio, mientras se actúa queda aún la esperanza de salvarse.»

103.- Atenienses: «La esperanza, que es un estimulante del riesgo para quienes recurren a ella con efectivos de sobra, aunque les cause daños, no los aniquila; pero quien se juegan todo su haber, y suele ser derrochadora, la conocen sólo cuando han fracasado y ya no quera la posibilidad de precaverse de ella una vez conocida. Esto, vosotros, que sóis débiles y estáis con el fiel de la balanza inclinado, debéis procurar que no os pase ni que os suceda como a muchos que, a pesar de ofrecérseles la posibilidad de salvarse por medios humanos, cuando en su apuro les abandonan las esperanzas evidentes, se entregan inciertas a la adivinación, a los oráculos y a cuantas son similares  y causan la perdición junto a la esperanza»

104.- Melios: «habéis de saber que también nosotros consideramos difícil luchar contra vuestro poderío y contra la suerte, a no ser que ésta se muestre imparcial. Sin embargo, ponemos nuestra confianza en la suerte, por pensar que en lo que atañe a la divinidad no seremos postergados, ya que nosotros, respetuosa para con los dioses, nos enfrentamos a quienes no son justos. Y respecto a la diferencia de efectivos, quedará suplida por nuestra alianza con los lacedemonios, a quienes forzosamente han de ayudarnos aunque no sea por otra razón que la del parentesco y la del honor. Con tal planteamiento, en absoluto resulta tan irracional nuestra confianza.»

105.- Atenienses: «Bien. En lo que atañe el favor divino tampoco nosotros creemos quedarnos atrás, ya  que ni juzgamos ni actuamos fuera de los causes de lo que los hombres piensan respecto a la divinidad ni de lo que desean en sus relaciones recíprocas; pensamos de la divinidad -por conjetura- y de los hombres -de modo palpable- que según una ley natural imponen siempre su dominio sobre los que tienen poder» Y nosotros, que no establecimos la ley no fuimos los primeros en aplicarla una vez establecida, sino que la heredamos cuando ya estaba en vigor y la dejaremos para que continúe estándolo siempre, la aplicamos convencidos de que tanto vosotros como cualquier otro que tuviera un poderío similar al nuestro haría lo mismo. Como es de esperar, con tal planteamiento no tememos ser postergados en lo que atañe a la divinidad; y respecto a la opinión que en lo que atañe a la divinidad; y respecto a la opinión que tenéis de los lacedemonios, en el sentido de que confías en que los ayudarán. movidos por le honor, aunque os felicitamos por vuestra inocencia, no envidiamos inconsistencia, ya que los lacedemonios apelan mucho a la virtud cuando se trata de ellos y de sus normas internas, pero respecto a los demás, aunque se podría hablar mucho de su comportamiento, para resumir lo esencial se dirá que entre la gente que conocemos se revelarían como quienes de modo más patente consideran lo grato, hermoso y convenientemente justo. La verdad es que tal modo de pensar de los lacedemonios no favorece vuestra irracionable manera de plantear ahora la salvación.

106.- Melios: «Siguiendo ese mismo razonamiento, tenemos mucha fe en su convivencia, decir, que no quieran perder la credibilidad de sus partidarios griegos traicionando a los melios que son colonos suyos, y así beneficiar a los enemigos.»

107.- Atenienses: «¿Es que no creéis que la convivencia se da acompañada de seguridad y que lo justo y hermoso se consigue con riesgo, motivo por el que los lacedemonios generalmente revelan escasísimo arrojo?»

108.- Melios: «Pero es que pensamos que por nosotros estarían más dispuestos a arrostrar los riesgos y los considerarían más seguros que si lo hicieran por otros, en la medida en que para las operaciones militares nos encontráramos cerca del Peloponeso, y en lo que hace a nuestra forma de pensar gozamos de más credibilidad que otros gracias a nuestro parentesco.»

109.- Atenienses: «Las garantías de seguridad para quienes van a intervenir en una guerra no vienen dadas por las simpatías de quienes les llamas, sino por el hecho de que sean muy superiores en efectivos reales, cosa en la que los lacedemonios se digan incluso más que los demás; el caso es que porque no se fían de sus propias fuerzas atacan a sus vecinos acompañados de numerosos aliados. Por consiguiente, no es probable que ellos crucen hasta una isla mientras nosotros seamos los dueños del mar.»

110.- Melios: «Podrían enviar a otros, ya que el mar de Creta es Extenso y en él resulta más difícil el apresamiento para quienes lo dominan que la salvación para quienes desean escapar. Y, si no tuviesen éxito, podrían dirigirse a vuestro territorio y al de vuestros aliados, a cuantos no llegó Brásidas, y entonces no os esforzaríais por una tierra que no os atañe, sino por una que os toca más de cerca, la aliada y la propia.

111.- Atenienses: «Nos sucedería algo de lo que ya tenemos experiencia, y vosotros no desconceríais que ni una sola vez los atenienses abandonaron un asedio por medio a otros.

Peor nos estamos dando cuenta de qué, a pesar de decir que se va a deliberar sobre la salvación de vuestra, en tan larga conversación no habéis dicho nada en lo que los hombres piensen que se pueda poner la confianza y salvarse, sino que mientras vuestras esperanzas más fuertes están por venir, las presentes son escasas para sobrevivir frente a lo que tenéis delante. Grande es la insensatez de que hacéis gala en vuestro planteamiento, a no ser que después de despedirnos decidáis algo más sensato que eso.

Al menos, no sigáis las directrices del sentimiento del honor que con el riesgo de un manifiesto deshonor causa con frecuencia la perdición, ya que a muchos que provenían a qué situaciones eran atrasados, el denominado honor, con la fuerza de ese nombre seductor, les indujo, vencidos por el vocablo, a incurrir de hecho y voluntariamente en desastres irremediables y a añadir un deshonor más deshonroso por ser debido a su locura que no a la suerte. Debéis cuidados de ellos decidiendo con acierto y no con considerar indecoroso doblegaros ante la ciudad más importante, que además os hace una propuesta moderada -la de ser aliados tributarios conservando vuestro territorio- y, ante la posibilidad de elegir entre la guerra y la seguridad, no os empecinéis en l peor, porque quieres no ceden ante sus iguales, se comportan debidamente frente a los más fuertes y son moderados con los más débiles, triunfarían las más de las veces.

Fijaos por tanto y, cuando nos hayamos ido, pensad mucho en que estáis deliberando sobre vuestra patria, que es única, y con una única decisión, según sea acertada o no será posible salvarla. »

112.- Los atenienses se retiraron de las negociaciones. Los melios, tras consultar entre ellos, como opinaban igual que antes y en contra de los atenienses, respondieron lo siguiente:

«Ni pensamos de otro modo que l principio, atenienses, ni en poco tiempo, vamos a privar de libertad a una ciudad poblase desde hace setecientos años, sino que intentaremos conservarla fiados de azar divino que la preservó hasta ahora y con la ayuda de los hombres y de los lacedemonios. Os proponemos ser amigos, sin ser enemigos de nadie, y que os retiréis de nuestra tierra después de establecer los acuerdos que parezcan convenientes a ambos.»

113.- Tan solo eso respondieron los melios. Por su parte, los atenienses, cuando terminaron las conversaciones dijeron:

«Al menos por lo que se deduce de esas decisiones, sois, creemos, los únicos que consideráis mas cierto lo futuro que lo que estáis viendo, y llevados por vuestros deseos contempláis lo que no se ve como si estuviera sucediendo. Aparte de ello al poner vuestra confianza en los lacedemonios, en el azar y en las esperanzas, también vuestro desastre será mayor.»

114.- Los embajadores atenienses regresaron junto a sus tropas. entonces sus generales, en vista de que los melios no se sometían, se dispusieron de inmediato a emprender la guerra y, distribuidos de acuerdo con los contingentes de tropas aliadas, empezaron a construir un muro para asediar a los melios. Posteriormente, después de dejar de guardia tropas propias y de los aliados tanto en tierra como mar, se retiraron con el grueso de las tropas. Las que quedaron continuaron con el asedio de la plaza.

Tucídides de Atenas. Historia de la Guerra del Peloponeso. Madrid, 2004. p. 478-487.

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Acerca de Rodrigo Pérez

Profesor de Historia UDLA Estudiante de Magister en Historia Mención Historia Universal UAI
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