El ideal aristocrático en la democracia.


Los aristócratas, debido a que tenían los recursos para ello se dedicaron al estudio y al cultivo del cuerpo.

El ideal de la muerte heroica se sostendrá mediante al conocimiento de los textos homéricos a través de toda la Antigüedad. Se sabe de manera casi cierta que, en la biblioteca de Alejandría, los manuscritos de la Ilíada y de la Odisea era más importante que todo el resto. Platón, que pensaba que era preciso expulsar a los poeta de la ciudad después de haberlos coronado, explica bien cómo a los ojos de los griegos el texto de Homero contiene todo el saber. No sólo los valores heroicos, sino también la manera de labrar, de navegar, cómo un carpintero construye un barco, etc. El texto nunca cae el olvido.

Hay otros valores, por cierto, pero la ciudad según mi opinión, e incluso la ciudad democrática, permanece enraizada en los valores aristocráticos. En el problema de los orígenes de la ciudad se encuentra la idea sorprendente de que un grupo humano no puede ser dirigido por un único personaje. Si consideramos la mayoría de las civilizaciones orientales, encontraremos sociedades muy jerarquizadas, con un soberano que representa la autoridad y que sirve, al mismo tiempo, como de intermediario entre dioses y hombres. Su poder funda el orden social. Entre los griegos -esto se percibe todavía en Hesíodo-, constatamos que un momento dado la comunidad considera que no debe haber poder soberano, que le poder, el kratos, debe estar depositado en el centro de la comunidad y que cada uno de sus miembros debe tener la posibilidad de decidir asuntos comunes. ¡Una idea completamente loca! ¿De dónde proviene? En el dominio privado, cada uno ejerce un poder en cierto modo real. El jefe de la casa es como un rey para sus hijos, sus esclavos y su esposa; pero para que él sea igual a los demás en la comunidad cívica, es preciso encontrar modelos de instituciones que permitan que el poder sea completamente despersonalizado y que circule de unos a otros, que se lo ejerza y obedezca de manera sucesiva y que todo esté regulado por un debate público en el centro de la ciudad.

Evidentemente, si observamos la Ilíada, eso es lo que sucede: este ejército no tiene un único rey, como en el mundo micénico. El término técnico para designar al rey es basiléus; ahora bien, esta palabra admite un comparativo, uno es más basiléus que otro, basiléuteros, y un superlativo, basiléutos, el mayor de los reyes; esto quiere decir que n ay un solo rey, sino reyes, y que el ejército griego es una coalición de reyes que se sienten basiléis y que tienen gente que ha ido con ellos. Si uno de ellos quiere irse, como Aquiles, puede hacerlo. Él es dueño de sí. Y cuando hay un problema importante, como en la primera asamblea -o en otros caso a lo largo de la Ilíada-, el ejército traza un círculo, es decir que delimita un espacio centra, todos los reyes que lo deseen, los áristoi, todos los buenos -no Tersites, por ejemplo, que ha sido expulsado-, tiene el mismo derecho a ir, a tener en su mano el skeptron, que en ese momento no es solamente un símbolo de poder real particular, sino que se convierte en el signo de un derecho igual a la palabra. Quien quiera hablar avanza hacia el centro para dar su opinión al grupo. Eso manifiesta la idea de una comunidad guerrera de personas que, sin querer someterse a la autoridad incontrolable de un soberano, sino en libertad, buscan construir una comunidad con un espacio libre, en el centro, donde cada no dirá lo que quiera decir. Ese rechazo proviene de la idea que se es un hombre, aner, sólo si se es libre de la sumisión a una autoridad soberana. Esto es lo que será democratizado y concernirá no sólo a los jefes de guerra, a la aristocracia guerrera, a los eupátridas, sino en definitiva a todos los atenienses, a todos los ciudadanos de Atenas, campesinos o gente de la ciudad. El conjunto del cuerpo cívico va a encarnar esos ideales de no dominación por otro, lo que llevará sobre todo después de las Guerras Médicas, al hecho de que los griegos tenderán a definirse como griegos en oposición a los que llaman “bárbaros”: los que no son totalmente hombres, por más inteligentes que sean, o muy sabios, incluso más sabios que ellos, o muy religiosos, incluso más religiosos que ellos, como los egipcios, en la medida que aceptan ser dominados por un soberano. Ellos, los griegos, no lo aceptan. Este ideal aristocrático, modificado en el curso de los siglos, permanece vivo aún hoy.

Jean-Pierre Vernant. Atravesar Fronteras. Entre mito y política II. Ed. Fondo de Cultura Económica. Ciudad de México, 2008. p. 85-87

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Acerca de Rodrigo Pérez

Profesor de Historia UDLA Estudiante de Magister en Historia Mención Historia Universal UAI
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