Libertad y legado en el mundo griego


Grecia ha ejercido durante siglos un peculiar hechizo sobre la imaginación de los hombres. Los romanos, que incorporaron a Grecia a su imperio -y en tal proceso no rehuyeron al saqueo de sus ciudades- quedaron profundamente impresionados por ella. Los jóvenes romanos eran envidiados a estudiar en la Universidad de Atenas, y los romanos cultos miraban a los griegos como a sus maestros en Filosofía, en Ciencias y en Bellas Artes. A pesar de la confianza que los romanos tenían en su propia misión  imperial y en sus dotes de gobierno, se sentían un tanto molestos de que tanto en arte, como en letras y en pensamiento, hubiera mucho que ellos jamás podrían esperar hacer con tanta maestría como los griegos.

Cuando el Renacimiento italiano del siglo XV despertó un renovado interés por el Mundo Antiguo, fue Roma la que primeramente atrajo la atención. Pero tras la imponente fachada romana, los eruditos y poetas percibieron la presencia de algo más poderoso y más seductor. Poco a poco se fue desenredando de las neblinas del pasado, y se reveló toda la majestad de la realización griega. Tan grande era su prestigio que las ideas griegas sobre Medicina, Astronomía y Geografía fueron aceptadas con fe incuestionable hasta el siglo XVII, en el cual el nacimiento de un nuevo espíritu científico inauguró la era de la experimentación y de la investigación en la que nosotros hemos nacido.

Incluso en la actualidad, después de haber desechado tantas creencias y cosmologías, la visión griega de la vida nos estimula y exalta. El pensamiento griego y lo supuestos griegos están estrechamente entretejidos en la textura de nuestra vida casi sin que nosotros mismos lo sepamos, y por esta razón estamos en lo cierto al desear saber de los griegos, con el objeto de poder percibir el valor y a amplitud de su hazaña. Nadie puede permitirse desprecia sus propios orígenes, y el mundo moderno tiene con Grecia una deuda demasiado profunda para aceptar su herencia con irreflexiva ingratitud.

En el centro de la actitud mental griega había una inamovible creencia en el valor del hombre individual. Durante los siglos en que grandes partes de la tierra estaban dominas por las monarquías absolutas de Oriente, los griegos desarrollaron su convencimiento de que el hombre debe ser respetado no como instrumento de un señor omnipotente sino por sí mismo. Procuraron a toda costa ser ellos mismos, y a conseguirlo les ayudado la propia naturaleza de su país. En los tiempos antiguos, Grecia era geográficamente muy parecida a lo que es hoy: la extremidad más meridional de la enorme masa de los Balcanes. Un país de montañas de dura caliza, separadas por profundos valles, que está casi dividido en dos por la estrecha divisoria del golfo de Corintio. Hacia el este, la estructura continente prosigue con intermitencias por medio de islas, y el conjunto está rodeado al sur por el alargado baluarte de Creta, isla que ha sido denominada “la pasadera de contenientes”. Incluso con las islas, Grecia es un país pequeño, de menor extensión que Yemen o la Florida. Además, su reducida área no ha podido nunca sostener más de unos pocos millones de habitantes, a pesar de lo cual ha representado un papel muy importante en la historia de la civilización occidental.

Y la razón de ello, es en parte geográfica. En Egipto y en Mesopotamia, en las tierras fluviales del Nilo y del Éufrates, resultaba fácil someter a una gran población a un solo soberano y conseguir que cada hombre cumpliera una misión asignada en un vasto sistema unificado. Pero en Grecia, donde cada distrito estaba separado del vecino por montañas o por le mar, un control central de este tipo resultaba imposible y los hombres se veían obligados a no ser unos especialistas en alguna determinada profesión, sino a ser maestros en toda una gama de artesanía y logros. Cada uno de los grupos separados era absolutamente consciente de su existencia, y los miembros de estos grupos eran sacerdotes de sus respectivas responsabilidades. El clima griego, seco y estimulante, y adornado con el más mágico de los firmamentos, incitaba a la actividad, mientras el mar, que siempre estaba a mano, desarrollaba en sus servidores una extraordinaria destreza manual y visual.

La naturaleza  crió a los griegos en una escuela dura, pero esto los hizo conscientes de sí mismos y de su propio valer. Sin esta consciencia nunca habrían hecho una contribución tan importante a la experiencia humana: el convencimiento de que el hombre tiene que ser honrador por lo que vale como individuo, y debe ser tratado con respeto precisamente por que es él. Utilizando las palabras del gran estadista ateniense Pericles: “Cada uno de nuestros ciudadano, en todas las múltiples facetas de la vida, es capaz de mostrarse como el legítimo dueño y señor de su persona, y además hacerlo con gracia y versatilidad excepcionales”.

Esto es lo que los griegos entendían por libertad. Así como detestaban la idea de ser conquistados, también en sus propios círculos el hombre reclamaba para sí la libertad de hacer todo su potencial en la sociedad, de decir lo que pensaba y de seguir su propio camino sin la interferencia de otros hombres. La fe en la libertad se apoyaba en un profundo respecto al honor personal.

C.M. Bowra. La Grecia Clásica. Ediciones Culturales Internacionales. Col Granda, México, 2004. p. 11-12.

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Acerca de Rodrigo Pérez

Profesor de Historia UDLA Estudiante de Magister en Historia Mención Historia Universal UAI
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