Testamento Político de Augusto: “Re Gestae Divi Augusti”, Las cosas hechas por el divino Augusto


RES GESTAE DIVI AVGVSTI

Augusto tuvo cuidado de nunca llamarse rey o emperador, pero se dedicó a reunir magistraturas que lo hacían virtualmente el único con poder.

A los veinte años alisté un ejercito por decisión personal y financiado por mí, con el cual devolví la libertad a la república oprimida por la dominación de las facciones
Por esto el senado, con decretos honrosos, me unió a su orden bajo el consulado de C. Pansa y A. Hirtio, y se me permitió expresar mi opinión entre los cónsules y se medio el imperio
Dispuso que yo, en condición de propretor, junto con los cónsules, proveyese para que la república no sufriese daño alguno.
Ese mismo año, ya que los dos cónsules habían caído por la patria, me ordenó cónsul y triunviro para ordenar la república.
Mandé al exilio a los que asesinaron a mi padre y con juicio justo castigué su crimen. Luego, cuando hicieron guerra a la república los vencí dos veces.
Frecuentemente combatí en tierra y en mar, guerra civiles y externas en todo el mundo, y victorioso perdone a todos los ciudadanos que me pidieron perdón.
Preferí salvar en vez de destruir a los pueblos extranjeros que podían ser perdonados sin peligro.
De los ciudadanos romanos, fueron cerca de quinientos mil los que me prestaron juramento. Algo más de trescientos mil veteranos coloqué en colonias o devolvía a su lugar de origen (municipio), a todos asigné tierras y di los premios por labores militares.
Dos veces recibí la ovación y celebré tres veces el triunfo curul, y fui aclamado 21 veces emperador, decretándome, luego el senado muchos triunfos rechacé. Depuse 11 fascibus de laurel (laurum de fascibus) en el Campidoglio, deshaciendo así los votos que hice en cada una de las guerras.
Cincuenta y cinco veces el senado decretó rogativas a los dioses inmortales por las felices empresas cumplidas por mí o por mis legados bajo mis auspicios.
Alcanzaron a ochocientos noventa los días en los cuales, por decreto del senado, fueron pronunciadas oraciones.
En mis triunfos fueron transportados delante de mi carro nueve reyes o hijos de reyes.
He sido cónsul trece veces y estoy en el 37avo año de la Tribunicia potestad cuando escribo estas memorias.
No acepté la dictadura que me ofreció el pueblo y el senado mientras estuve ausente o presente en la ciudad, bajo el consulado de M. Marcelo y L. Arruntio.
No rechacé el encargarme de la annona en momentos de la gran escasez del grano, administré las cosas de tal manera de liberar en pocos días a la ciudad entera del peligro y el temor gracias a mis gastos y preocupaciones.
No acepté el consulado anual y perpetuo que se me ofreció.
Bajo en consulado de M. Vinicio y Q. Lucrecio, y luego bajo el de P. Léntulo y Cn. Léntulo, y por tercera vez bajo Paulo Fabio Maximo y Q. Teburone, el senado y el pueblo romano quisieron designarme único y todopoderoso superintendente de las leyes y de las costumbres, pero yo no quise aceptar ninguna magistratura contraria a las costumbres de nuestros antepasados.
Y aquellos actos que el senado quiso que de ahora en adelante fuesen realizados por mí, los realicé sobre la base de la tribunicia potestad, en el cual (poder) por cinco veces, espontáneamente, pedí y obtuve colega.
Fui triunviro para la ordenación de la república por diez años.
Fui princeps del senado por 40 años hasta el momento en que se escribió estas memorias.
Fui pontífice máximo, augur, parte de los 15 hombres encargados de los ritos sacros, parte de los 7 hombres epulones. También he pertenecido a los hermanos Arvales y a los Titios, y asimismo he desempeñado el cargo de heraldo fecial.
Cónsul por quinta vez, por voluntad del pueblo y del senado, aumenté el número de los patricios.
Tres veces depuré el senado, y en el sexto consulado, teniendo como colega a Marco Agripa, hice el censo de la población. Celebré la ceremonia lustral después de cuarenta y dos años y en esta ocasión fueron registrados cuatro millones setenta y tres mil ciudadanos romanos.
Por segunda vez hice el “lustrum”, revestido del poder consular con imperio único, bajo el consulado de C. Censorio y C. Asinio en esta ocasión fueron registrados cuatro millones novecientos treinta y siete mil ciudadanos.
Con nuevas leyes, promulgadas a propuesta mía, repuse en vigor costumbres del tiempo de nuestros antepasados ya caídas en desuso y yo mismo tramandé a las generaciones futuras muchas costumbres dignas de imitar.
El senado decretó que cada cuatro años los cónsules y los sacerdotes hiciesen votos por mi salud. Para celebrar estos votos, en vida mía, algunas veces celebraron juegos los cuatro más venerados colegios de sacerdotes y otras veces los cónsules.
Y también en privado, así como por municipios, todos los ciudadanos, en forma unánime y sin interrupción, ofrecieron oraciones, en todos los altares por mi salud.
Por decreto del senado mi nombre fue incluido en el “Carmwn Saliare” y fue sancionado por la ley que mi persona fuese inviolable y que tuviese la tribunicia potestad de por vida.
Rechacé convertirme en pontífice máximo en el puesto de un colega vivo cuando el pueblo me ofreció ese sacerdocio que ya había tenido mi padre. Después de algunos años, muerto aquel que lo había ejercido durante las guerras civiles, acepté su sacerdocio bajo el consulado de Publio Sulpicio y de Cayo Valgio, confluyendo para mi elección desde toda Italia, una multitud tal, según se dice, nunca había estado en Roma antes de este tiempo.
El senado, con motivo de mi regreso, consagró el altar de la “Fortunae Reducis” delante de los templos del Honor y de la Virtud en la Porte Capena y dispuso que en él, los pontífices y la Vírgenes Vestales sacrificasen anualmente el día en el cual, bajo el consulado de Q. Lucrecio y M. Vinicio, regresé de Siria, y llamó ese día Augustalia a mi nombre.
Por decisión del senado. Una parte de los pretores y tribunos de la plebe, el cónsul Q. Lucrecio y los hombres más importantes, me vinieron al encuentro en Campania, honor que nunca se había decretado antes que a mí. Cuando regresé a Roma de España y la Galia, luego de haber realizado felices empresas en esas provincias, bajo el consulado de Tiberio Nerón y de Publio Quintilio, el senado decretó que se debía consagrar en honor de mi regreso el “Ara pacis” en las proximidades del Campo de Marte, y dispuso que en él los magistrados, sacerdotes y vírgenes Vestales celebrasen cada año un sacrificio.
El templo de Ianum Quieinum”, que nuestros antepasados quisieron que fuese cerrado cuando todo el imperio romano, ya fuese en tierra o mar, hubiese paz como frutos de las victorias y que según la tradición se cerró sólo dos veces desde la fundación de la ciudad, el senado decretó que fuese cerrado tres veces durante mi principado.
El senado y el pueblo romano en mi honor, designó a mis hijos Cayo César y Lucio César, a quienes la fortuna me arrebató jóvenes, cónsules a la edad de quince años, para que asumieran la magistratura luego de cinco años, y desde el día en que fueron llevados al foro tomaron parte en los consejos de estado.
Además el orden de los “equites” romanos les donó escudos y lanzas de plata, y a ambos los proclamó príncipes de la juventud.
En mi quinto consulado di a cada uno de los hombres de la plebe romana, trescientos sestercios del testamento de mi padre, y cuatrocientos sestercios de los botines de guerra a nombre mío. Nuevamente, en mi décimo consulado, di a cada uno cuatrocientos sestercios de mi patrimonio. Siendo cónsul por la décima primera vez hice doce distribuciones de grano con granos comprados por mí, y en el año de mi décima segunda tribunicia potestad di, por tercera vez, cuatrocientos sestercios a cada uno. De estas donaciones se beneficiaron no menos de doscientas cincuenta mil personas.
En el año de mi décima octava tribunicia potestad, siendo cónsul por la décima segunda vez, di sesenta denarios a los trescientos veinte mil miembros de la plebe urbana.
En mi quinto consulado, di mil sestercios a cada una de las colonias de mis soldados, sacados del botín de guerra; en las colonias, cerca de ciento veinte mil hombres recibieron la donación al momento de mi triunfo.
Siendo cónsul por la décima tercera vez, di sesenta denarios a cada miembro de la plebe que en ese momento recibiese trigo público; fueron poco más de doscientos mil hombres.
Pagué a los municipios con dinero por las tierras que asigné a mis soldados en mi cuarto consulado, y luego bajo el consulado de M. Craso Cn. Lentulo Augur. La suma fue cercana a los seiscientos millones de sestercios cuando pagué las tierras de Italia, y cerca de doscientos sesenta millones cuando pagué las tierras de provincias.
Según hoy se dice, fui el único en hacer esto entre todos los que instalaron colonias en Italia o en las provincias.
Y después, bajo el consulado de Tiberio Nerón y Cneo. Pison y bajo el consulado de C,. Antistio y D. Lelio, y bajo el de C. Calvisio y L. Pasieno, y bajo el consulado de Lentulo y M. Messala, y el de L. Caninio y Quintio Fabricio, devolví a sus colonias a los soldados que habían concluido su servicio, a quienes pagué enteramente en dinero sus premios, en lo cual gasté cerca de cuatro millones de sestercios.
Ayudé cuatro veces al erario con mi propio dinero, entregando ciento cincuenta millones de sestercios a aquellos que estaban encargados de éste.
Bajo el consulado de M. Lépido y L. Arruntio versé, de mi patrimonio, el erario militar que fue creado por mis consejos para dar los premios a los militares que hubiesen militado veinte años o más, ciento sesenta millones de sestercios.
A partir del año en que fueron cónsules Cneo y Publio Lentulo, hice asignaciones de grano y de dinero de mi granero y de mi patrimonio, ya que las rentas públicas eran insuficientes, a cien mil o más personas.
Construí el senado, y adyacente a él, el Calcídico, y el templo de Apolo con sus pórticos sobre el Palatino y el templo de Divo Julio, el Lupercal, el pórtico en el circo Flaminio, el cual permitió fuese llamado Octavio, en honor a quien en el mismo lugar había edificado una precedente y la logia imperial del Circo Máximo.
El templo de “Iovis Feretre et Iovis Tonantis” en el Campidolio;, el templo de Quirino; Los templos de Minerva, de Juno reina y el de Júpiter liberador en el Aventino; el templo de los Lares al final de la Vía Sacra; el Templo de los Penates en la Velia; el templo de la Juventud y el templo de la Magna Mater en el Palatino
Restauré el Campidolio y el teatro de Pompeyo, ambas obras de gran costo, sin colocar una inscripción a mi nombre.
Restauré los acueductos en muchos lugares, los cuales estaban en ruinas por el tiempo, y dupliqué el acueducto llamado Marcio, introduciendo una nueva surgente en su curso.
Concluí el foro Julio y la Basílica entre el templo de los Castores y el templo de Saturno, obras comenzadas y casi terminadas por mi padre, y cuando la misma fue destruida por un incendio, comencé su reconstrucción en una superficie más amplia dedicándola a mis hijos y ordené que si no la hubiese terminado en vida mía, fuese concluida por mis herederos.
Siendo cónsul por sexta vez, por la voluntad del senado restauré ochenta y dos templos de dioses en la ciudad, sin dejar de lado ninguno que en ese tiempo exigiese arreglo.
Cónsul por séptima vez restauré la Vía Flaminia hasta la ciudad de Ariminium, y todos los puentes menos el Milvio y el Minicio.
Construí en terrenos privados en templo de Martis Ultoris y el foro de Augusto.
Construí, en suelo comprado en gran parte a particulares, el teatro en las cercanías del templo de Apolo, el cual llamé de M. Marcelo, mi yerno46.
Consagré dones de los botines de guerra en el Campidolio y en el templo al Divo Julio y en el templo de Apolo y en el templo de Martis Ultoris, los cuales me costaron cerca de cien millones de sestercios.
En mi quinto consulado devolví treinta y cinco mil libras de oro (12 onzas) a los municipios y colonias que me ofrecieron para mis triunfos, y después cada vez que fui aclamado emperador no acepté el oro que los municipios y las colonias me decretaron con el mismo efecto de las ocasiones anteriores.
Di tres veces juegos gladatorios a mi nombre y cinco veces los di al nombre de mis hijos y nietos. En estos juegos combatieron cerca de diez mil hombres. Dos veces ofrecí a mi nombre y tres veces a nombre de mis sobrinos, juegos de atletas, a quienes hice venir de todas partes48.
Ofrecí cuatro veces juegos en mi nombre y veintitrés veces en lugar de otros magistrados. Por el colegio de los quindicem viri, en calidad de presidente, bajo el consulado de Cayo Furnio y de Cayo Silano, celebré los juegos seculares. En el decimotercer consulado celebré yo, por primera vez, los juegos marciales, que luego de esta ocasión, celebraron los cónsules cada año por decreto del senado. Veintiséis veces, en mi nombre y en el de mis hijos y sobrinos, ofrecí al pueblo caza de bestias africanas en el circo, el foro o el anfiteatro, en estas fueron asesinadas cerca de tres mil quinientas fieras.
Ofrecí al pueblo un espectáculo naval al otro lado del Tiber, en aquel lugar donde ahora está el bosque de los Césares, cavando el terreno en una longitud de mil ochocientos pies y una latitud de mil doscientos, en el cual combatieron 30 naves con espolones entre trirremes y birremes, más mucha (naves) pequeñas; es estas flotas fuera de los remeros combatieron cerca de 3000 hombres.
Victorioso repuse en todos los templos de las ciudades de las provincias de Asia los ornamentos que poseía en forma privada, luego de haber expoliado los templos, aquel con quien había combatido50.
Levantaron estatuas mías, pedestres, ecuestres y en cualesquiera cuadrigas de plata en unas 80 ciudades, las cuales yo hice remover, e hice donaciones con el dinero en el templo de Apolo a mi nombre y en el de aquellos que levantaron las estatuas en mi honor.
Pacifique el mar liberándolo de los piratas. En esa guerra capturé unos treinta mil esclavos que habían huido de sus patrones y habían tomado las armas contra la república. Los devolví a sus patrones para que les dieran el máximo suplicio.
Toda Italia juró en mi nombre de manera espontánea y me pidió que fuese el jefe en la batalla que combatí en Accio. Juraron también en mi nombre las provincias de la Galia, Hispania, Africa, Sicilia y Cerdeña.
Además, bajo mi mando militaron setecientos senadores y de entre ellos, antes o después y hasta el día en que fueron escritas estas memorias, ochenta y tres fueron elegidos cónsules y unos ciento sesenta fueron hechos sacerdotes.
Aumenté los límites de todas las provincias del imperio romano con las cuales confinaban pueblos contrarios a nuestro imperio.
Pacifiqué la provincia de las Galias y las Hispanias, así como también la Germania en área que bordea el océano de Cádiz hasta la desembocadura del Elba.
Pacifiqué los Alpes en la región cercana al mar Adriático hasta el Tusco, sin llevar a ningún pueblo a la guerra injusta.
Mi flota navegó por el océano, desde la desembocadura del Rin, vía Oriente, hasta el límite de los Cimbrios, lugar hasta donde por tierra o por mar no había llegado antes ningún romano. Y los Cimbrios, Caridios, Semnones y otros pueblos germanos, por medio de embajadores pidieron mi amistad y la del pueblo romano.
Por mis órdenes y bajo mis auspicios, mandé dos ejércitos contemporáneamente en Etiopía y en Arabia, llamada entonces Eudaemon, y un gran número de la gente hostil fueron muertos en batalla y muchas ciudades conquistadas. En Etiopía el ejército llegó hasta la ciudad de Nabata próxima a la ciudad de Meroe; en Arabia el ejército marchó a través del territorio de los Sabei hasta la ciudad de Mamibu.
Anexioné Egipto al Imperio Romano.
Teniendo la posibilidad de convertir Armenia Mayor en provincia cuando fue asesinado su rey Artaxes, preferí, de acuerdo a las costumbres de nuestros antepasados, dar el reino a Tigranes, hijo del rey Artavisdis, nieto del rey Tigranes. Esto lo hice a través de Tiberio Nerón, mi hijastro. Cuando esa gente se hizo disidente y se rebeló, los tomé por medio de mi hijo Cayo, y encargué a Ariobarzanes, hijo de Artabazis, rey de los Medos, y después de su muerte encargué a su hijo Artavasdes, quien fue asesinado.
Puse el reino a Tigranes que pertenecía a la familia real de Armenia.
Recuperé todas las provincias que están situadas al oriente, más allá del Adriático y Cirene, caída ya en gran parte en manos del rey, como ya antes había hecho con Sicilia y Cerdeña, ocupadas en la guerra de los esclavos.
Instalé colonias militares en Africa, Sicilia, macedonia, así como en Hispania, Acaya, Asia, Siria, la Galia Narbonense y Pisidia.
También Italia tiene 36 colonias, estanciadas por mi autoridad las cuales bajo mi gobierno fueron prósperas e intensamente pobladas.
Vencido completamente al enemigo, recuperé de la Hispania la Galia y los Dálmatas, muchas insignias militares perdidas por otros jefes.
Obligué a los partos a restituir las insignias de tres ejércitos romanos y a solicitar la amistad del pueblo romano. Repuse esas insignias en el interior del templo de Martis Ultoris.
Sometí a los pueblos de la de la Panonia, a los cuales nunca había llegado un ejército del pueblo romano antes de mi principado, por medio de Tiberio Nerón, mi hijastro y legado, y extendí los confines ilíricos hasta las orillas del río Danubio.
Habiendo un ejército de los Dacios pasado de esta parte del Danubio fue, bajo mis auspicios derrotado y diseminado. Luego mi ejército, yendo más allá del Danubio, obligó a la población de los Dacios a someterse a las órdenes del pueblo romano.
Muchas veces fueron mandadas a mí, embajadas de los reyes de India nunca vistas antes de ahora por algún jefe de los romanos.
Por medio de legados, pidieron nuestra amistad los Bastarnos y los Escitas; el rey de los Sármatas, los cuales se ubican a ambos lados del río Tanaim; el rey de los Albanos, de los Iberos y los medos.
Suplicante se refugió ante mí Tiridates, rey de los Partos, y después Fraates, hijo del rey Fraates, Artavasdes de los Medos, Artaxares de los Adiabenos, Dumnobellaunus y Tincomnius de los Britanos, Melone de los Sugambros y el …ro de los marcomanos Suevos.
Fraate, rey de los Partos, hijo de Orodes, me envió a Italia todos sus hijos y sobrinos, no porque hubiese sido derrotado en una guerra, sino para pedir nuestra amistad poniendo su familia como prenda.
Durante mi principado se beneficiaron con la lealtad del pueblo romano muchos otros pueblos que no habían tenido con el pueblo romano ninguna relación de amistad ni embajadas.
Los pueblos de los Partos y los Medos, por intermedio de embajadas de notables, pidieron y recibieron de mí sus soberanos: los Partos a Vonones, hijo de Fraates, nieto de Orodes; los Medos a Eribarzanes, hijo de Artavasde, nieto de Ariobarzanes.
En mi sexto y séptimo consulado, luego de haber extinguido las guerras civiles, transferí el control de todas las cosas del estado, que había asumido por el consenso de todos, al libre arbitrio del senado y del pueblo romano.
En vista del mérito mío, fui por un senado consulto llamado Augusto, y la puerta de mi casa fue adornada por laureles, y en la entrada fue puesta una corona cívica. En la Curia Julia fue puesto un escudo de oro donde se lee que me lo ofrece el senado y el pueblo romano en reconocimiento a mi valor, clemencia justicia y piedad.
Después de estas fechas fui superior a todos los auctoritas, aunque no tuviese más poder que aquellos que fueron mis colegas en cada magistratura
Ejercitando mi decimotercer consulado, el senado, el orden ecuestre y la totalidad del pueblo romano me llamó Padre de la Patria, y me decretaron que este apelativo fuese inscrito en el vestíbulo de mi casa, y en la Curia Julia y en el foro de Augusto bajo la cuadriga que ahí fue puesta en mi honor por decreto del senado
Cuando escribí estas memorias tenía setenta y seis años.

Augusto, Res Gestae Divi Augusti. Traductor: Nicolás Cruz

En: http://cayograco.wanadooadsl.net/spqr_moneta/personajes/augusto/res_gestae.htm

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Acerca de Rodrigo Pérez

Profesor de Historia UDLA Estudiante de Magister en Historia Mención Historia Universal UAI
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