División y Caída del Imperio


Alarico el Godo

A su muerte, Teodosio dividió el Imperio entre sus dos hijos: Arcadio, el mayor, Augusto desde 383, obtuvo Oriente; Honorio, Augusto desde el 393, Occidente. Este acto, en sí, nada tenía de innovador, ya que la división de atribuciones, de responsabilidades y de zonas de acción era cosa usual desde hacía mucho tiempo. Los contemporáneos no percibieron ninguna ruptura. Entre las dos partes imperii debía reinar una unanimidad reforzada por el papel asignado a Estilicón, tutor único impuesto por su padre a los dos jóvenes soberanos. En el plano político, la unidad era real y tanto en Constantinopla como en Milán (y, luego, en Rávena), ciudades de residencia imperial, el emperador era un príncipe cristiano cuyo poder procedía de la Providencia divina y dedicado a preservar el Estado. En ambas partes del Imperio eran similares las instituciones, tanto en los organismos centrales como en los gobiernos provinciales.

No era menos verdad que entre Oriente y Occidente, había profundas diferencias, esbozadas mucho antes de 395. En el plano defensivo de Honorio parecía más debilitado, desde mitad de siglo, los ejércitos occidentales habían sido varias veces llevados al Ilírico para apoyar las pretensiones de los usurpadores: Magnecio, Juliano, Máximo y Eugenio habían despojado a las fronteras de sus mejores unidades para reforzar el ejército de campaña. Las batallas de Mursa, de Adrinópolis y del río Frigidus aniquilaron lo principal de las tropas selectas y la expedición persa de Juliano no fue posible sino recurriendo a privar a Occidente de muchas unidades. Numerosos sectores fronterizos fueron descuidados, creándose brechas por las que no dejaron de entrar los bárbaros o zonas abiertas en las que podían instalarse. La situación se hizo crítica en grandes tramos del limes occidental. En Britania, las posiciones de la muralla de Adriano fueron casi abandonadas a fines de siglo y se produjo una ruptura en las relaciones entre esta provincia y la Galia inmediatamente tras la usurpación de Máximo. Igualmente, el limes de Bélgica quedó menos guarnecido que antaño.

También son visibles los contrastes económicos y sociales. Es verdad que la exigencia fiscal del Estado produjo iguales fenómenos en ambas partes del Imperio: agravamiento de la situación de los colonos y extensión del patronato. A la vez que se reforzaba la adscripción a la gleba, desde la dinastía valentiniana, se multiplicaban los peligros del patronato, de los que el Estado se dio cuenta enseguida ya que se le sustraía una parte de su autoridad. Los emperadores legislaron con frecuencia para detener la proliferación de patronatos, perjudiciales para las ciudades y para la administración provincial, pero sus edictos, en la práctica, eran inoperantes.

Estos fenómenos de conjunto no esconden, empero, el desequilibrio económico entre las dos mitades del mundo romano. La traslación de la cabecera política a Constantinopla, con Constantino, ratificaba la supremacía económica del Oriente, menos trastornado por la crisis del siglo III. A mediados de siglo se produce un innegable renacer de las ciudades occidentales, pero no está exento de fragilidad. Los grandes centros artesanales y comerciales están en Oriente y el dinamismo económico y social de las provincias galas se agota, salvo en algunos sectores privilegiados en torno a los talleres imperiales o en la industria cerámica (auge de la cerámica de Argonne y la aparición de la cerámica paleocristiana provenzal en el cambio del siglo IV al V). Mientras que durante el Alto Imperio se había formado una clase mercantil específicamente local (en la que el primer lugar lo ocupaban Tréveris y sus gentes), a partir del siglo IV quienes controlan lo fundamental de las operaciones comerciales son las colonias de mercaderes judíos o sirios. Finalmente, el Oriente parece mejor explorado, mientras que, en el resto, los campos no sobreviven sino por el establecimiento de elementos bárbaros; así ocurre en toda la Galia del norte y en el Ilírico, bisagra del imperio.

Nada, pues, parece privilegiar la fecha del 395. En materia económica y social fenómenos que han de examinarse en amplios lapsos de tiempo, la diferenciación entre ambas partes está hace mucho tiempo latente, pero no con demasiada evidencia, que no se producirá sino tras las invasiones bárbaras. En el plano político, a muy corto plazo, los contemporáneos no apreciaron la evidencia de ninguna ruptura. Ésta, que se detecta muy rápidamente e los años siguientes, proviene más del comportamiento recíproco de las cortes imperiales. Entre el 395 y el 410 se efectúa el tránsito de la unidad a la diversidad del Imperio, que resulta del aislamiento de la corte occidental y de la grave falta de entendimiento entre los consejeros de ambos soberanos.

Teodosio había confiado la tutela sobre sus hijos al vándalo Esalicón, uno de los mejores generales, pariente de los jóvenes emperadores por su matrimonio con Serena, su hermana adoptiva. Su autoridad, aceptada en Occidente, fue discutida en la corte de Arcadio, dominada por el prefecto del pretorio Rufino.  Ello se hizo patente cuando los federados godos del Ilírico conducidos por Alarico y descontentos de la suerte que les cabía amenazaron Constantinopla y negociaron su retirada a precio de oro. Estilicón se disponía a combatirlos cuando, por orden de Arcadio, dictada por Rufino, hubo de devolver el ejército de Oriente que Teodosio había dejado bajo su mando en Italia. Si bien logró eliminar a su rival, no pudo disipar la hostilidad de la corte oriental, a despecho de su irreprochable lealtad hacia la dinastía teodosiana. Las intrigas de Eurtopio, sucesor de Rufino, llevaron al África a la revuelta y Estilicón fue, incluso, declarado enemigo público. Logró, empero, superar estas dificultades e imponer a Eutropio una actitud menos hostil, al tiempo que restablecía las defensas romanas en muchos sectores del limes occidental.

Leal y continuador fiel de la obra de Teodosio, trató hábilmente al partido senatorial, aún fuerte en Occidente, de modo que pareció ganado por las tradiciones romanas, aunque sus peores enemigos le reprochasen siempre su origen bárbaro. Antes que nada le importaba preservar la unanimidad imperial y la concordia entre las dos partes del Imperio. Creyó conseguido cuando Eutropio cayó en desgracia (399), pero Arcadio, al poco, cayó bajo el influjo de un fuerte partido antigermano: el ejército de Oriente fue depurado y los visigodos, demasiado peligrosos mientras siguiesen en el Ilírico, fueron empujados hacia occidente.

A partir del 401, las bandas de Alarico hacen gravitar un gran peligro sobre Italia. En el mismo momento, las provincias altodanubianas son invadidas por los ostrogodos. Pero, todo, el 31 de diciembre del 406, los vándalos, sármatas, alanos y alemanes cruzan el Rin y asolan la Galia septentrional y occidental. Poco más tarde, a la invasión seguía la usurpación. Constantino III se proclamó emperador en Britania y se adueñó de Occidente. Amenazado por todos lados, Estilicón, por un tiempo, hizo frente a los problemas, aunque sin poder contar con las fuerzas militares de Oriente. Igualmente temibles eran sus adversarios internos: cerca de Honorio intrigaba un partido antibárbaro que le imputaba todas las dificultades del momento. Caído en desgracia de resultas  de una conjura, fue decapitado el 22 de agosto del 408. Sus adversarios procedieron a depurar el ejército y la administración en Italia. Era privarse de defensores fieles en el momento en que Alarico se volvía, de nuevo, amenazador. Del 408 al 410 el gobierno occidental, dividido y debilitado, fue incapaz de resolver el problema bárbaro. Mientras que las provincias galas eran asoladas, Alarico multiplicaba sus maniobras y amenazó a Roma en varias ocasiones. Irritado por las demoras, las provocaciones y la duplicidad de la corte de Rávena, proclamó emperador a un tal Atalo, y en agosto del 410, se apoderó de Roma, que entregó a la soldadesca durante tres días de espantoso saqueo.

El saqueo de Roma fue, en verdad, un episodio sin futuro, ya que los godos evacuaron la Ciudad. Pero impresionó enormemente a los contemporáneos y les hizo tomar conciencia de la decadencia del Imperio. Revelaba, asimismo, la diversión entre las cortes de Constantinopla y Rávena y el debilitamiento del poder imperial en Occidente. Los visigodos se extendieron por el sur de Italia y, después, llegaron a Occidente, en donde el peligro bárbaro se resolvió con el establecimiento de acuerdos que concedían a los invasores el estatuto de federados. Así, insensiblemente, se formaban Estados bárbaros en Occidente.

El fracaso de Estulicón provocó en breve plazo la caída de Roma y del Imperio de Occidente. Su política de barbarización del ejército, de inspiración tedosiana, podía parecer capaz de dotar al Imperio de una relativa seguridad. Y es verdad que el reclutamiento masivo de contingentes árbaros alteraba profundamente el carácter del ejército imperial, lo que no dejó de serle reprochado con fuerza a Teodosio y al general bárbaro, tanto en su tiempo como en el nuestro.

¿De dónde, entonces, proceden el ocaso y la caída de Roma? Los contemporáneos respondieron más bien con pasión; cristianos y paganos argumentaron en términos de política religiosa; el gran debate sobre la política bárbara se basó, también, sobre un exceso de pasión (Sinesio) o de servilismo (Temistio). ¿Fue la impiedad de los cristianos la causa de la toma de Roma por Alarico? ¡Fue la «traición» de Estilicón, según Rutilio Namaciano, la que provocó el hundimiento de la defensa imperial? Ésas eran las cuestiones que se planteaban los contemporáneos, más atentos y sensibilizados hacia la caída que no al ocaso del Imperio, hacia los acontecimientos políticos, más que a la revolución a largo plazo. Los modernos, sobre todo a partir de Gibbon, han examinado el problema en toda su complejidad. Es opinión muy extendida, tras los trabajos de Rostovtzeff, que una crisis interna de múltiples facetas minó al mundo romano. Es difícil negar algunos de sus aspectos, económicos, sociales o intelectuales, aunque la floración intelectual del siglo IV pueda, en este último plano, aportar argumentos contrarios. Pero el comportamiento de la clase senatorial revela, a pesar de todo, que, lejos de adecuarse a los grandes principios y tradiciones (enunciados y evocados con gravedad por Símmaco en su correspondencia o en sus discursos), estaba más atenta a la gestión de sus fincas o al mantenimiento de todos los privilegios que a la salvaguardia de las instituciones y del Estado. No habrá, empero, que subestimar la importancia de la crisis externa, argumento de quienes afirman que el Imperio romano, en pleno vigor durante el siglo IV, murió «asesinado».

Michel Christol & Daniel Nony. Introducción a la Historia. De los orígenes de Roma hasta las invasiones bárbaras. Akal, Madrid, 1991. p. 259-263

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Acerca de Rodrigo Pérez

Profesor de Historia UDLA Estudiante de Magister en Historia Mención Historia Universal UAI
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Una respuesta a División y Caída del Imperio

  1. viscacha dijo:

    la vanesa

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