La edad de oro: hombres y dioses


Estatua de Zeus OlímpicoZeus ocupa el trono del universo. El mundo está en orden. Los dioses han combatido, algunos han vencido. Todo lo malo ha sido expulsado del cielo etéreo, ya sea para encerrarlo en el Tártaro o para enviarlo a los mortales en la tierra. En cuanto a los hombres, ¿qué les sucede? ¿Qué son?

La historia no comienza con el origen  del mundo sino en el momento en que Zeus  es rey, es decir, el mundo divino se ha estabilizado.  Los dioses no se limitan a habitar el Olimpo, sino que conviven con los humanos  en algunos lugares de la tierra. Existe un lugar en Grecia, próximo a Corinto, una llanura llamada Mekone, donde conviven dioses y hombres. Participan de las mismas comidas, se sientan en las mismas mesas, festejan juntos.  Lo cual significa que en la convivencia de hombres y dioses cada día es una fiesta, reina la felicidad. Se come, se bebe, se ríe, se escucha a las Musas cantar la gloria de Zeus y las aventuras de los dioses. En una palabra, todo es para bien.

En la llanura de Mekone reinan la riqueza y la abundancia. Todo brota espontáneamente. Como reza el dicho, en ese valle basta con tener una parcela de tierra para ser rico, porque no  está sometida al azar del mal tiempo ni a las estaciones. Es una edad dorada en la que los hombres y dioses no están separados; también se llamaba así al tiempo de Cronos, antes que se desatara la lucha entre éste con los Titanes y Zeus con los Olímpicos, antes que penetrara la violencia brutal en el mundo divino. Es la paz, un tiempo antes del tiempo. Los hombres tienen su lugar en él. ¿Cómo viven? No sólo comparten el festín de los dioses sino que desconocen esos males que afligen hoy a la raza de los mortales, los efímeros, los que viven al día sin saber qué sucederá mañana y que no conservan una verdadera continuidad de lo que sucedió ayer, que cambian sin cesar, nacen, crecen, se hacen fuertes, se debilitan, mueren.

En ese tiempo los hombres son siempre jóvenes, sus brazos y piernas casi no cambian. Para ellos no existe el nacimiento en el verdadero sentido de la palabra. Acaso nacen de Tierra. Acaso los ha parido Gea, la madre Tierra, tal como a los dioses. Estaban ahí, conviviendo con los dioses, iguales a ellos, sin preocuparse por su origen. Por consiguiente, en ese tiempo los hombres son siempre jóvenes, no conocen el nacimiento ni la muerte. No están sometidos al tiempo que desgasta las fuerzas y provoca la vejez. Al cabo de cientos, quizás miles, de años, siempre como si estuvieran en la flor de la edad, se duermen y desaparecen tal como habían aparecido. Ya no están, pero no es como si hubieran muerto. No hay trabajo, enfermedades ni desdichas. Los hombres no necesitan labrar la tierra: en Mekone, todos los alimentos, todas las riquezas están a su disposición. La vida es como la que describen ciertos relatos sobre etíopes: al amanecer, cada uno encuentra su mesa servida. La carne siempre está lista, el trigo crece sin necesidad de cultivos y, además, los alimentos ya están preparados. La naturaleza ofrece espontáneamente todos los bienes de la vida doméstica más refinada, más civilizada. Así viven los hombres en esos tiempos lejanos. Conocen la felicidad.

Las mujeres aún no han sido creadas. Existe lo femenino, las diosas, pero no las mujeres mortales. Todos los humanos son varones: la unión con las mujeres les es tan desconocida como la enfermedad, la vejes, la muerte y el trabajo. A partir que un hombre para tener a un hijo debe unirse con una mujer, que es a la vez semejante y distinta, el nacimiento y la muerte se convierten en el destino de la humanidad. El nacimiento y la muerte constituyen dos estadios de una existencia. Para que no exista la muerte, no debe existir el nacimiento.

En Mekone conviven dioses y hombres, pero ha llegado el momento de la separación. Ésta sucede después del gran reparto entre los dioses. Ellos han resuelto la cuestión de los honores y privilegios de cada uno, en primer término mediante la violencia. Entre los Titanes y los Olímpicos, el reparto ha sido el resultado de una lucha en la que han predominado la fuerza y la dominación brutal. Realizada la primera distribución, los Olímpicos han relegado a los Titanes al Tártaro, cerrado los portales de esa prisión subterránea y nocturna, y luego se han reunido el cielo. Debían resolver sus propios diferendos. Zeus ha sido el encargado de distribuir los poderes, no mediante la violencia brutal sino gracias a un consenso entre los Olímpicos.  La distribución entre los dioses se realiza, ya sea mediante un conflicto abierto o a través del acuerdo, si no entre iguales al menos entre aliados y parientes, solidarios de una misma causa, participantes del mismo combate.

Jean-Pierre Vernant. Erase una vez… el universo, los dioses, los hombres. Ed. FCE, Buenos Aires, 2008. Pág. 54-57

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Acerca de Rodrigo Pérez

Profesor de Historia UDLA Estudiante de Magister en Historia Mención Historia Universal UAI
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