Los peligros exteriores del Imperio Romano


Mapa de las invasiones barbaras

El peligro persa se había reducido, en Oriente, gracias a las enérgicas campañas de Galerio y al restablecimiento de una frontera potente. Por otra parte, el Estado sasánida había atravesado, a comienzos del siglo, una crisis sucesoria, y, además, si bien Sapor II (310-379) había intentado llevar a cabo, desde su advenimiento, una política belicosa, enseguida tuvo que acudir a orillas del Caspio a causa de la presión bárbara. Hasta mitad de siglo, una vez conjurado ese peligro, no reinició el problema armenio. Pero el conflicto romano-persa, que retuvo, desde luego, constantemente la atención de los emperadores, no fue nunca tan aguda como lo fuera a mitad del siglo III y se manifestó en acciones en su mayoría muy locales, con excepción de la campaña persa de Juliano.

Mucho más grave era la amenaza bárbara, acuciante en el Rin y en el Danubio. Los francos y los alemanes se establecieron en contacto con las Germanias y las provincias occidentales, vueltos, los primeros, hacia las regiones litorales del Canal de la Mancha y del Mar del Norte e inquietando, los segundos, a las provincias limítrofes de los altos Rin y Danubio. Frente a las Panonias estaban los cuados y los marcomanos. Por último, a lo largo del bajo Danubio, se habían instalado los godos, cuya situación fue regulada por el foedus (tratado) del 332, signado por Constantino, que los vinculaba a su familia, y cuyas cláusulas estipulaban que, a cambio de suministros (sobre todo, de alimentos), protegerían el Danubio y proveerían al Imperio con contingentes militares.

Todo hubo de replantearse a mitad de siglo, caudno Europa oriental sufrió las consecuencias de los trastornos que afectaban al mundo de las estepas desde el siglo II d. de C. Hasta entonces, sus regiones occidentales habían vivido de forma autónoma y los escitas (término global con el que los clásicos designan a todos los pueblos iranios que vivían allí) sólo rara vez, y débilmente, habían amenazado a los imperios organizados de Roma y Persia. Por otro lado, sus migraciones hacia el sudoeste habían sido obstaculizadas, en Europa, por los desplazamientos de las tribus germánicas, en dirección noroeste-sudeste; iranios y godos se habían fusionado, a veces, y estos últimos se habían beneficiado de la superioridad de la civilización de los pueblos de las estepas. Tal situación fue modificada por las repercusiones de vastos movimientos migratorios procedentes del Asia central. Los pueblos que formaban una a modo de pantalla entre la romanidad y el mundo de las estepas sufrieron la arribada de la migración turca, de amplitud multisecular, cuya avanzada eran los hunos. El Imperio, súbitamente, se encontró desamparado cuando sus pueblos vecinos, a los que daba por definitivamente estabilizados, fueron empujados y buscaron refugio más al sur, forzando las fronteras en varios sectores. Todo fue, otra vez, cuestionable: el sistema defensivo, penosamente establecido –y de tan caro mantenimiento- y, sobre todo, la creencia en la eternidad de Roma y en la perennidad de la civilización clásica, pues hasta tal punto afectó a los espíritus de los contemporáneos esta quiebra de las estructuras del Imperio.

Michel Christol & Daniel Nony. Introducción a la Historia. De los orígenes de Roma hasta las invasiones bárbaras. Akal, Madrid, 1991. p. 254-255

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Acerca de Rodrigo Pérez

Profesor de Historia UDLA Estudiante de Magister en Historia Mención Historia Universal UAI
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